Doce años, doce vestidos y una sola explosión estética. Cristina Pedroche vuelve a transformar las campanadas en algo más que un ritual televisivo: las convierte en una performance de moda, memoria y exceso. Su look de Nochevieja no busca aprobación ni sorpresa inmediata; busca impacto. Como una mascletá, no se explica: estalla.
En su duodécima aparición consecutiva dando la bienvenida al nuevo año, la presentadora firma el estilismo más complejo, extremo y simbólico de toda su carrera. Una creación construida literalmente a partir de su propio archivo, donde cada tejido, volumen y adorno remite a una etapa concreta de su historia frente a las cámaras.
Bajo el concepto “12 campanadas, 12 vestidos”, el diseño no nace de cero, sino de la reutilización y resignificación de los looks que han definido a Cristina Pedroche desde 2013. No es nostalgia ni reciclaje decorativo: es memoria materializada.
El vestido funciona como una antología visual que condensa doce Nocheviejas, doce debates públicos y doce momentos que forman parte del imaginario colectivo. El resultado es deliberadamente excesivo, cargado y difícil de digerir. Justo ahí reside su fuerza.
La capa es el corazón conceptual del look. Monumental, estructural y acumulativa, está confeccionada con tejidos reales de capas y abrigos que Pedroche ha llevado en ediciones anteriores. Mikado rojo, tafeta rosa, acolchados y fragmentos textiles se superponen creando una silueta rotunda, casi escultórica.
La cola se extiende por el suelo arrastrando flores, lazos y recuerdos. Un gesto visual que habla de tiempo, de recorrido y de permanencia. Como explica Josie, director creativo del estilismo desde hace once años, la pieza celebra doce años de deseos, símbolos y estilismos que forman parte de la memoria colectiva de millones de espectadores.
Nada es decorativo. Las flores que recorren la cola proceden del vestido de 2019 y han sido customizadas con tejidos de otras ediciones. A ellas se suman elementos tan reconocibles como el parche circular de la tienda de campaña de refugiados que lució en 2023 o el cuello creado por PUJ Studio para el vestido de Manuel Piña en 2021.
Cada fragmento actúa como una cápsula de tiempo: un guiño silencioso para quienes han seguido su evolución año tras año.
Bajo el peso visual de la capa aparece un segundo acto. El vestido interior abandona el volumen y coloca el foco en el cuerpo. Ajustado, ligero y joya, está construido a partir de bordados, cadenas y cristales recuperados de looks anteriores.
Los bordados diseñados por Johan-Luc Katt para las botas de 2021 ahora rodean la cadera en forma de mini vestido. En el pecho, un collar de estrellas y cadenas del bustier azul de 2016 estructura el escote y conecta con el collar facial que enmarca el rostro.
“Es un vestido muy cargado de simbología personal”, señala Pedroche, “pero también representa el acto de desprenderse y quedarse con lo esencial”.
El juego cromático refuerza el relato. Los volúmenes dorados proceden de la escultura de 2019 y de su primer vestido en La Sexta, firmado por Charo Ruiz. Reinterpretados, dialogan con detalles negros —lazos, salpicaduras, accesorios— que actúan como contrapunto frente al rojo y los tonos empolvados.
El resultado es un contraste emocional que oscila entre lo festivo y lo introspectivo, entre la celebración y la carga simbólica del pasado.
El estilismo se completa con un trabajo minucioso de joyería conceptual. El collar facial nace de una tiara creada con la mascarilla que llevó durante el año de la pandemia, rematada con plumas del casco de Vivas Carrión. A ello se suman cristales elaborados a partir de gotas de leche materna, creados por la joyería Morir de Amor y recuperados del look de 2024.
Las sandalias, realizadas completamente a medida, responden a su filosofía barefoot, respetando la anatomía natural del pie y priorizando el movimiento y la comodidad.
El vestido también integra el mensaje de los doce años de colaboración entre Cristina Pedroche y la Asociación Española Contra el Cáncer, subrayando valores como el acompañamiento, la confianza y la fidelidad. Una capa simbólica que suma significado sin interferir en la narrativa estética.
Con este estilismo, Cristina Pedroche vuelve a demostrar que las campanadas son su espacio creativo más potente. Un lugar donde la moda se convierte en archivo, relato y espectáculo, y donde cada año se reescribe el vínculo entre televisión, cuerpo y conversación social.
Doce años después, su mascletá estética sigue marcando el ritmo de la Nochevieja.
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